Dios sabrá por qué suelo leer la edición digital de la BBC tarde en la noche. Quizás porque me gusta —y a la vez no demasiado— su estilo directo y escueto. Sin embargo, ofrece artículos interesantes sobre temáticas o eventos que otros grandes medios suelen pasar por alto. Georgina Rannard, por ejemplo, publicó en su versión en inglés un texto cautivante sobre el arte ancestral del tatuaje en la estepa siberiana. Las ilustraciones que lo acompañan me llamaron tanto la atención que leí su historia primero en español y luego en inglés, porque es esta la que suele ofrecer más detalles y fotografías.
Rannard nos acerca a San Petersburgo, concretamente al Museo del Hermitage. ¿Nunca se preguntaron por qué se llama así? Proviene del francés ermitage, que a su vez deriva del latín medieval hermitagium, relacionado con heremita o eremita, es decir, ermitaño. Pues Catalina la Grande, cuando empezó a interesarse por el arte y a coleccionarlo, lo almacenó en una serie de salas privadas que llamó su ermitage —espacios íntimos y tranquilos a los cuales muy pocas personas tenían acceso.
Al contexto
En el siglo XIX, en el krai de Altái, fueron encontrados una serie de túmulos funerarios —kurganes— pertenecientes a un antiguo pueblo nómada que habitó las estepas del sur de Siberia. Formaron parte de la cultura escita, entre los siglos VI y III a. C., y son reconocidos por sus habilidades ecuestres, su maestría en la orfebrería, sus manifestaciones textiles y, más recientemente, por sus habilidades en el arte del tatuaje.
Fue el valle de Pazyryk, en las montañas de Asia Central, quien dio nombre a una serie de momias encontradas en condiciones excepcionales gracias al permafrost. Estas tumbas fueron excavadas en las mesetas y valles de las altas montañas, y terminaron inundadas por la acumulación estacional de agua, especialmente cuando el deshielo veraniego penetró las grietas. Con el tiempo quedaron completamente congeladas, preservando los restos durante milenios. Esto permitió conservar los tejidos blandos —algo extremadamente raro en momias no artificiales—, incluyendo órganos internos, cabello, uñas y piel. Así que hoy es posible analizar no solo sus huesos, sino también sus vestimentas, peinados y, sobre todo, sus tatuajes excepcionales.
De estos hallazgos, el más famoso ocurrió en 1949, cuando los arqueólogos descubrieron una tumba monumental que contenía el cuerpo de un hombre —presumiblemente un jefe tribal o figura de la élite— rodeado de ofrendas funerarias: caballos, ornamentos y tejidos de gran valor, meticulosamente confeccionados. Mucho después, en 1993, la arqueóloga Natalia Polosmak descubrió el cuerpo de una mujer —actualmente en el Museo Nacional de la República de Altái—, enterrada sola, con una vestimenta ceremonial y sin armas, que presentaba tatuajes en el hombro y brazo izquierdo. Uno de ellos muestra un ciervo de astas en floración.
Hasta el momento, los datos apuntan a que la práctica del tatuaje estaba aparentemente reservada a figuras de prestigio y era bastante común entre las mujeres de alto rango. La momia de una de ellas —conservada en el Museo del Hermitage y datada hacia el 500 a. C.— fue recientemente sometida a un escaneo de alta resolución con tecnología infrarroja, lo que permitió revelar tatuajes que permanecían invisibles a simple vista.
A diferencia de otras culturas, en las que el cuerpo suele ser apenas el recipiente desechable de un alma trascendental, los nómadas de Altái lo consideraban —tal como lo hacemos hoy, en el siglo XXI— como un soporte narrativo donde inscribir símbolos e historia. Sus diseños parecían tener funciones simbólicas, posiblemente ligadas al estatus, la protección espiritual o la narración genealógica. No se trataba, por ende, de adornos gratuitos: eran lenguaje, pertenencia y escudo ante las amenazas de la existencia.
Aquí, el asombro
No solo para la BBC, sino para mí también, lo sorprendente es el nivel de complejidad de estos dibujos si consideramos su antigüedad. Son motivos tan intrincados que harían sudar frío al tatuador profesional del barrio. La nitidez y regularidad de los trazos sorprendió a todo el mundo. Se trataba de tatuajes complejos, precisos y uniformes. Para Gino Caspari —arqueólogo del Instituto Max Planck de Geoantropología y profesor en la Universidad de Berna—, las imágenes no fueron simples registros: lo hicieron sentir peligrosamente cerca de aquellos antiguos artesanos, como si pudiera intuir, en el trazo detenido, el tiempo, el ritmo de su aprendizaje y la conciencia meticulosa de su oficio.
Con la fuerza de un bestiario, el antebrazo derecho de la mujer lucía leopardos girando en torno a la cabeza de un ciervo. En el izquierdo, la escena mostraba a un grifo —criatura con cuerpo de león y alas de águila— en pleno combate con otro animal de astas retorcidas. La disposición oblicua de los cuerpos y el dramatismo de estas escenas no eran ornamentales: constituían una firma estética de la cultura Pazyryk. Pero había también elementos inesperados. Un gallo tatuado en el pulgar revela una desviación estilística sorprendente. El contraste entre la violencia de las figuras y la precisión de sus trazos sugiere que estos tatuajes no seguían un único código visual compartido, sino que podían contener significados personales, fragmentos narrativos o signos de identidad.
Permítanme ir un poco más allá de lo dicho por la BBC y ofrecer una interpretación propia.
Vamos a detenernos en la complejidad del dibujo y su nivel de síntesis. No utiliza perspectiva lineal ni un punto de fuga único. Es una representación bidimensional, donde los cuerpos se organizan de manera simbólica y narrativa, no naturalista. Aun así, logra una potente ilusión de movimiento, solo con el uso de curvas, superposición y direccionalidad. Los cuerpos se disponen en una composición centrífuga que gira en torno a la cabeza del ciervo, que actúa como eje de tensión. No hay profundidad espacial tradicional, pero sí una percepción rítmica y circular, propia de emblemas tribales.




















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