Da igual donde hunda el pico y cuanta tierra saque, no voy a encontrar restos de una antigua civilización. Es Cuba, un sitio donde las ruinas se enterraron vivas y se pudren al sol. Restos de lo que fue La Habana de hace apenas medio siglo. Nada que encontrar.
Cuando trabajaba en el Palacio del Segundo Cabo, en los primeros años del siglo, solía tropezarme con los arqueólogos del Gabinete de Arqueología de la calle Tacón. Contaban ellos que buscaban tesoros en las letrinas, donde la clase pudiente tiraba los platos rotos y las cartas de los enamorados bobos. Me daba gracia. Una triste, por imaginarlos hurgando en la mierda acumulada de dos cientos años.
Cuando hablamos de ruinas ilustres, nos referimos normalmente a las que se mantienen mas o menos en pie desde hace milenios. Las emocionantes, las que hinchan nuestro sentido de la Historia y nos remiten a tiempos de gloria. Las nuestras dan mucha pena.
El año pasado, no hace todavía los doce meses, especialistas desenterraron en la ciudad arqueológica de Aizanoi en Turquía varias cabezas de Dionisio y Afrodita. Aizanoi fue fundada hace cinco milenios; sin embargo, vivió su mejor época cuando el Imperio romano 'la hizo suya' entre el siglo II y III. De ese entonces provienen las cabezas. Se pueden imaginar, el Dios del vino y la diosa del Amor: cuantos habrán perdido la cabeza. Las halladas corresponden a estatuas de dimensiones considerables, de dos a tres metros. Hay que ver que en otros sitios se encuentran estatuas sin cabeza . A esto se le debería llamar un 'auténtico rompecabezas'. Digo yo.



















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