Siempre es un buen momento para recordar a nuestros ancestros. A los cercanos, naturalmente, porque por más que intento no logro recordar a mis abuelos, ni a los bisa, ni a los tata... No los conocí. Mis tres abuelas —una de ellas tía abuela— siempre fueron muy bien portadas, católicas, con una elegancia natural sin refinamientos. Probablemente por la época y por la clase de vida para la que fueron preparadas, desarrollaron un excepcional talento para que sus trifulcas hogareñas resultaran inadvertidas. Se dijeron de todo a través de retorcidas figuras retóricas que si las hubiera recogido, tendría hoy un tesoro lingüístico.
Esto es. Cultivaron el bien estar, o mejor, el saber estar. En la Cuba por la que tanto y en vano nos sacrificamos, usualmente se padeció de escasez. Siempre faltaba algo. No como ahora que falta todo, pero era raro, en mi primera juventud matar sencillamente cualquier antojo. Entonces —y es algo que he visto en tantas ocasiones, series, sobre todo películas— se afrontaba la miseria con donaire. Cuba siempre se sintió medio europea. Posiblemente porque nunca tuvimos héroes precolombinos, ni templos, ni nada. El instrumento más sofisticado que desarrollaron nuestros siboneyes fue una coa, una palo con la punta afilada para abrir huecos en la tierra. También porque estábamos tan cerca de España y luego, de los Estados Unidos. Y cuando nos independizamos de la buena gestión —menuda desgracia— y nos acercamos al bloque socialista... seguimos otras luces, raras, pero europeas al fin. Percibo, aunque no tengo ninguna seguridad de ello, que nos volvemos más caribeños e insulares que nunca. Nos acercamos a aquel paraíso de ingenuidad que fueron nuestros bateyes taínos.














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