Conozco a Leticia desde hace tantos años, que no logro encontrarle la punta a la memoria. Sí que me acuerdo, y mucho, de que cursando ella la carrera de diseño, me di cuenta de golpe que nunca sería una diseñadora. Porque era una artista y porque no podía, ni quería, ni le interesaba ser o hacer otra cosa. Tampoco recuerdo el momento en que vi sus obras por primera vez. Lo que sí sé, es que su obra ha orbitado mi mirada desde hace muchísimo tiempo, como si siempre hubiese estado ahí, agazapada y en silencio, a la espera de unos ojos mansos y desprevenidos. Quizás lo que sostiene mi atención constante es que si separamos lo esencial de lo accesorio, Leticia revela una coherencia tan intensa entre su ética vital y su estética pictórica que toda tentativa de apartar la obra de la mujer se vuelve inútil.
Unos días atrás fue seleccionada como una de las becarias de la Pollock-Krasner Foundation, una institución que desde hace cuarenta años apoya a artistas visuales de todo el mundo. Este reconocimiento no solo valida su obra ante los ojos de su comunidad, sino que consagra una ética, una forma de estar en el mundo y una voluntad de trabajo que no siempre obtiene recompensa y mucho menos en el exilio.
Hay algo en la manera en que Leticia mira que me recuerda las siluetas de una sala semivacía, de un cine de pueblo. Su infancia en Cabaiguán, marcada por tardes repetidas frente a la misma película, no fue anecdótica: fue una iniciación estética. Lo que para otros habría sido tedioso o una manera de escapar de la monotonía del pueblo, en ella fue entrenamiento sensorial. Aprendió a ver más allá del argumento, a registrar los silencios, a decantar la luz. Su pintura nacería de esa mirada cinematográfica que disuelve la narración en atmósferas.
Detrás de ese cuerpo menudo, de esa delicadeza, hay una artista con una voluntad de hierro. Y pinta sin cesar porque no puede, ni quiere, ni le interesa hacer otra cosa. Porque una fe inverosímil, casi desquiciada, la empuja cada día hacia el taller donde le cose a cada sombra un pedazo de luz, donde atrapa cada brisa, cada pliegue del día que cruza. No hay en su trabajo intención de complacer a nadie ni de explicarse. Solo una necesidad vital, casi biológica. Pintar, para ella, es la única forma de no desaparecer, de entender su lugar en el mundo.
En su pequeño taller, como en el anterior de La Pequeña Habana, empasta capa tras capa, con una constancia asombrosa. No por grandilocuente, sino por silenciosa. Porque ha sabido perseverar sin escándalo y sin alardes, en un mundo que gusta premiar el ruido.
Su pintura tiene la sobriedad de la intimidad. Mujeres —casi siempre— en interiores, detenidas en el escenario de un tiempo ambiguo, dentro de habitaciones donde la luz no solo revela: también oculta. Sus cuadros no cuentan historias; las contienen. Son atmósferas detenidas entre lo que fue y lo que aún no se ha revelado. Y aún cuando no se entiendan del todo, se las intuye. Lo verdaderamente importante en la vida puede prescindir de las palabras.


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