Leyva es un artista cubano cuya vida y obra están profundamente marcadas por la persistencia, la reinvención y la resiliencia. Lo verdaderamente singular es que, incluso en medio de la transformación, su voz permanece intacta.
Lo conocía desde aquella grandilocuente exposición que organizó Mario Miguel González para la IX Bienal de La Habana en 2006 —Manual de Instrucciones, Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (CENCREM), 1 de abril, La Habana—. Coincidimos luego varias veces en Cuba, en la casa de Javier Guerra, otro artista de mi generación, recientemente fallecido. Pero pasaron más de quince años sin volver a vernos, hasta que nos encontramos precisamente aquí, en Cincinnati. Conversamos largamente hace apenas unos días, dándole la espalda a un bello crepúsculo, en un santuario de paz. Y más allá del siempre vago análisis crítico de su obra plástica, lo que me interesó fue su trayectoria personal y sus experiencias vitales.
Formado en un contexto donde la práctica artística muchas veces se cruza con la necesidad económica, su carrera —como la de la mayoría de los artistas cubanos— ha oscilado entre momentos de carencia y periodos de reconocimiento internacional.
Leyva no se define únicamente por su oficio pictórico, sino por una ética de trabajo que impregna todo lo que hace, desde el diseño hasta la construcción, pasando por la ilustración y el manejo de herramientas digitales. La pintura, sin embargo, ha sido siempre su centro gravitacional, el núcleo de una vida dedicada al arte con una intensidad nada común.
Su estilo no responde a fórmulas fijas: se trata más bien de una manera de abordar la pintura con rigor, honestidad y una mirada siempre atenta al entorno. Incluso en la urgencia creativa, Leyva ejerce un dominio exigente sobre su obra: si una pieza no le convence, la deja reposar, la reconfigura o la desecha, persiguiendo siempre esa intensidad que se impone como medida.
Este compromiso con la calidad atraviesa toda su práctica artística. Asegura que nunca regala ni vende una obra que no esté a la altura de sus estándares. En lugar de desechar lo que considera un “churro”, lo transforma con tiempo, capas y reflexión. Este proceso de reconfiguración habla de una relación madura y exigente con la pintura. No es solo inspiración, sino también un ejercicio prolongado de fe, paciencia y oficio. Además, su método implica trabajar varias piezas a la vez, lo que le permite una especie de coreografía creativa: va y viene con la paleta entre lienzos, buscando el instante en que cada uno encuentra su forma definitiva.
Entre los momentos decisivos de su trayectoria, destaca el impulso artístico y económico que tomó a partir de 2004. Tras unos años difíciles, logró consolidarse a través de exposiciones exitosas —como Leyva’s Brothers, Ciudad de Panamá— y la ulterior entrada en colecciones privadas significativas. Alcanzó una etapa de madurez y reconocimiento sostenido a partir de 2007, consolidando su presencia en el circuito artístico con una producción constante y bien recibida. Entre los coleccionistas que se acercaron a su trabajo, surgieron relaciones que trascendieron lo comercial, basadas en el respeto mutuo y en una sintonía genuina con su búsqueda artística.
Más allá de los trabajos asumidos para sostener a su familia, Leyva nunca se apartó de la pintura, que ha sido para él una convicción sostenida, no una opción. Desde ilustraciones y sellos de correo hasta diseño arquitectónico empírico, su versatilidad habla de un creador total, más que de un pintor aislado en su taller. Durante un periodo, su afán por experimentar lo acercó también a los medios digitales, que incorporó con naturalidad a su proceso creativo, aunque hoy admite cierta distancia por falta de uso. No obstante, lo que nunca ha abandonado es la voluntad de crear, incluso en momentos de crisis como el que vivió durante la pandemia, cuando una complicación de salud y un estrés profundo lo llevaron a perder la visión de un ojo por un tiempo.














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