En la vastedad del espacio, quiero decir. Y muchos de nosotros, en la estrechez de nuestras habitaciones. Quizás por ello suelo levantar una ceja —la izquierda— cuando tropiezo con publicaciones cuyos autores creen encontrar, en construcciones antiguas, pinturas o narraciones, evidencias de contactos con alienígenas ocurridos en los albores del tiempo.
De momento, no me interesan ni la ingeniería del mundo antiguo ni las narraciones orales. Me quedo con las pinturas rupestres de nuestros antepasados remotos.
No voy a considerar aquí si son auténticas, sino la intención de divulgarlas en foros multitudinarios.
El autor afirma que se encuentran en el Cañón del Arroyo Fate Bell, en el Seminole Canyon State Park and Historic Site, al suroeste de Texas, en Estados Unidos, y que pertenecen al estilo Pecos River Style, característico de los pueblos originales que habitaron la zona entre 3.000 y 4.000 años atrás.
Para tener una idea del contexto histórico: en el momento en que pinturas como estas se secaban con la árida brisa del desierto, en Mesopotamia ya se escribía en tablillas de barro, China perfilaba lo que se conocería como la dinastía Shang, la India daba forma a su conocimiento sagrado, su poesía mística y su estructura cultural mediante la creación oral y luego escrita de los Vedas, y no muy lejos de allí, en México, en Centroamérica y más al sur, se alzaban los grandes templos precolombinos.
Dejé para el final las pirámides de Egipto porque estas también son asociadas recurrentemente con la ingeniería extraterrestre o con la de alguna civilización ultra desarrollada ya desaparecida.
Quiero con esto decir que, para incursionar en el arte rupestre, a estos casi remotos antepasados se les había hecho un poco tarde. Es posible que tuvieran un sistema complejo de creencias y nociones muy sofisticadas sobre lo espiritual y lo trascendente —sin lugar a dudas—, pero carecían de escritura y no edificaron nada que dejara hermosas ruinas. Lo cual, en mi opinión, puede, de la misma forma, tomarse como evidencia de cierto grado de incultura o, por el contrario, como una forma de refinamiento que anticipó la inevitable erosión del tiempo sobre las estructuras concebidas para perdurar.
Por otro lado
Son tantos los que ven extraterrestres por todas partes que resulta enternecedor. Me resulta curioso que muchos de ellos, ateos orgullosos, crean firmemente en los extraterrestres basándose en evidencias borrosas, casi siempre vagas y confusas.
Es cierto que las figuras parecen levitar, inquisitivas, sobre los posibles testigos de la escena. Da la sensación de que descienden sobre ellos, amenazantes. Sin embargo, para ser extraterrestres, muestran formas humanoides evidentes, aunque estiradas más allá de su proporción natural.* Las cabezas carecen de rasgos y son perfectamente redondas. Cualquiera las confundiría con cascos espaciales. Todo es parte de la expresión simbólica de la mitología alienígena moderna. Siempre daremos por sentado que quienes nos visiten serán más inteligentes que nosotros. Por ello, quizás, vemos la usual desproporción entre cabeza y cuerpo como signo de una inteligencia avanzada, lo que refuerza además la idea de algo “no terrestre”.
Tampoco ayudan mucho esos discos bicóncavos que parecen platillos voladores —formas ya asumidas como símbolos clásicos de los viajes interplanetarios. Podrían ser tantas cosas menos estrambóticas... una boca, un ojo, un plato sobre otro para que las gozosas moscas no se posen sobre la ensalada...
Lo cierto es que el conjunto es sobrecogedor y parece más una inesperada visita extraterrestre que acaba de descender por un agujero, que cualquier otra cosa.
Pero también lo es que nada sabemos del pueblo que las pintó. Pudiera tratarse de una escena ritual o mitológica. De hecho, los descendientes de aquellos artistas las consideran sagradas o ceremoniales: dioses, espíritus ancestrales o chamanes en trance.
Creo que es a partir de los eventos de Roswell que esta obsesión por lo alienígena se desata y se extiende por buena parte del planeta. Lo que nos ocupa —la representación típica del viajero de otro mundo— surge posiblemente de las descripciones que Betty y Barney Hill hicieron de sus abductores en 1961. Esta pareja afirmó haber sido secuestrada por seres no humanos durante un viaje por carretera en New Hampshire. En sus regresiones hipnóticas, ambos describieron a seres con características anatómicas distintas a las humanas: pequeñitos y sórdidos, grises, sin cabello y con enormes ojos negros. Sus relatos fueron difundidos sin pudor por los medios masivos y sentaron las bases para una iconografía que se repetiría, con variaciones mínimas, en cientos de testimonios posteriores.






















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