Le gusta lo que ve. Piensa en el día fabuloso que tiene por delante, pero antes de salir se pone serio. A su nivel no se tienen demasiados amigos. Oliver es un diseñador de joyas austriaco. Y esto es un detalle muy importante. Cuando sales a la calle pisas dos milenios de una rica historia cultural. Bajo el dominio de los Habsburgo, en el siglo XVIII, la ciudad se dio el lujo de censar ciudadanos de la talla de Mozart, Schubert y Beethoven. En el XIX a Strauss II. En el XX a Gustav Klimt. Para volverse loco. Y para los locos: Sigmund Freud.
Oliver respira todo eso cuando sale para su taller. Es un diseñador de joyas famoso: hace lo que quiere. No comulga con la mediocridad. Le miras la cara y ves el rostro de alguien que le ha dado la patada a la lata. El gremio reconoce su exquisita artesanía y sus diseños personalizados. Lo que más le gusta son los anillos de compromiso, las alianzas. No es bobo. Sabe que un enamorado paga lo que sea por una sonrisa.
Como no podía ser de otra manera, Oliver es también un desquiciado perfeccionista. Tiene que sostener su historia personal. Una historia que se cuenta a si mismo en sus ratos de ocio. La madura, la estratifica. Está orgulloso de ella. Más de lo que están su madre y sus abuelas juntas. Esos monólogos internos los hace en alemán. Una lengua que no se presta para la bobería. Cuando se diseña en alemán salen Mercedes, Audis, Porsches.














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